jueves, 22 de julio de 2010


Acepté ver la colección de muñecas sólo por cortesía, no porque me interesara. La vieja nos había rebajado el precio mas de lo usual y podíamos quedarnos con el vuelto y eso me hacía sentir comprometido.

Su casa era humilde, pero lucía ordenada y limpia. Había jarrones con flores frescas, varias imágenes religiosas colgaban de las paredes y una radio antigua descansaba en un rincón. Desde el principio el lugar me resultó sombrío, aunque no pude precisar el motivo.

Nos levantamos del sillón forrado de plástico y nos dejamos conducir por un estrecho pasillo hasta una puerta cerrada con llave. La vieja abrió y entramos en una habitación poco iluminada. El penetrante olor a perfume de violetas hizo que se me revolviera el estómago. Entre las sombras distinguí a las muñecas. Había de todos los tipos y tamaños. Algunas se apretujaban en los trapos que cubrían las cuatro paredes, otras se encontraban arrinconadas en una mesa, recargadas contra la pared o sentadas en el piso apoyándose las unas en las otras.

La vieja no ocultaba su orgullo.

-Aquí están mis nenas- dijo.
-Es impresionante- afirmé fingiendo entusiasmo-. ¿Cuántas tiene?
-No estoy segura. Hace mucho tiempo que perdí la cuenta, pero seguro son más de mil.

Caminamos entre esa multitud de rostros infantiles. Nuestra anfitriona corrió las cortinas para aclarar un poco el cuarto. Vi cientos de niñas rubias y morenas, de trapo y de plástico, con el pelo lacio o rizado, con sus zapatos brillantes, sus pulcros baberitos y sus vestidos impecables.

Esta es una de las primeras que tuve- dijo la vieja señalando una muñeca llena de encajes en cuyo inexpresivo rostro se advertía el brillo de la porcelana-. Mi papá la mandó traer directamente de la capital cuando cumplí diez años. Y esa otra, la que tiene la falda bordada, me la regaló mi hermano Francisco cuando estuve enferma. Eso fue en el año... Déjeme recordar...

La fragancia de violetas resultaba intolerable. Me sentí mareado, pero no quise interrumpir las explicaciones de la vieja, quien hablaba sin parar sobre su colección Yo miraba sin ver, paseaba la vista sobre la mesa de cuerpecitos inertes que ella había ido acumulando a lo largo de los años y de quienes se expresaba con tanta familiaridad. Entonces, fijé mi atención en dos de las muñecas, las cuales se distinguían del resto por su absoluta falta de gracia. Eran dos muñecas con los brazos torcidos, el pelo maltratado y la cara triste.

Me acerqué para observar aquellas horribles figuras. Ambas estaban vestidas de azul y llevaban listones rojos en la cabeza. Parecían fabricadas de cartón o de arcilla sin cocer. La boca se abría para formar una mueca ridícula. Al aproximarme más noté que las dos presentaban oscuras perforaciones en el lugar donde deberían ir los ojos y la nariz. Fue entonces cuando, percibí, mezclado con el aroma de las violetas, un peculiar hedor, una exhalación putrefacta. Retrocedí aterrado.

Murmurando una excusa, salimos de la habitación. Al pasar por la sala tomé la bolsa y, sin mirar atrás, me lancé a la calle a toda prisa. En el cerebro resonaban con insistencia las palabras de la vieja: "Aquí están mis nenas, aquí están mis nenas ".

2 comentarios:

♥ LiSeTh ♥ dijo...

me encanto!!

♥ LiSeTh ♥ dijo...

alucina q imagine las figuras,,,,las de azul!!!!
:) veci!!