miércoles, 10 de septiembre de 2025

El amor que no quise nombrar

 La conocí cuando tenía treinta y cinco años y ella apenas veinticuatro. Una aplicación cualquiera, un chat que empezó sin rumbo y terminó convirtiéndose en un espacio donde nos desnudábamos de otra manera: entre frases rápidas, confesiones extrañas y silencios que a veces decían más que las palabras.

Ella me hablaba de su ex, de las heridas que cargaba. Me contaba cómo la había engañado, cómo todavía le dolía esa traición. Yo escuchaba con paciencia, con esa mezcla de interés y prudencia que uno tiene cuando sabe que no puede apresurar lo que aún sangra. En el fondo sentía que tenía mucho que sanar, pero también percibía que algo en ella quería volver a creer.

Pasaron meses hasta que por fin nos vimos. El lugar fue cerca al Museo de la Nación, en Lima. Recuerdo su cabello negro cayendo sobre los hombros, los lentes que le daban un aire de inocencia y rebeldía al mismo tiempo, y ese cuerpo pequeño que irradiaba energía como si toda la ciudad le perteneciera. Caminamos sin rumbo fijo y terminamos sentados en una banca. Yo le preguntaba sobre sus sueños, sobre lo que quería de la vida. Ella estaba en los últimos ciclos de la universidad, pero hablaba como quien todavía no está seguro de querer llegar al final.

—No sé si terminaré la carrera —me dijo, jugando con el borde de su cartera—. A veces siento que estudio solo porque ya empecé.

Yo sonreí. En ese momento pensé que quizá lo que ella buscaba no era una meta, sino un respiro. Y tal vez yo era ese respiro.

Salimos un par de veces más antes de que todo se volviera físico. La primera vez que hicimos el amor fue tan natural, tan inevitable, que parecía escrito mucho antes de conocernos. No entraré en detalles, pero puedo decir que nunca había sentido una química tan innata, una atracción tan brutal y al mismo tiempo tan limpia. Esa noche entendimos que lo nuestro no sería una relación “convencional”. Hicimos un pacto: solo cuerpo, nada más.

Al principio lo cumplimos. Ella venía seguido a mi departamento. La rutina era siempre la misma: risas, caricias, noches que parecían no terminar. Y al final, dormir juntos. Ahí estaba mi contradicción: me volteaba para no abrazarla, creyendo que si lo hacía caería en el error de enamorarme. No entendía que el error ya estaba cometido.

Mi cumpleaños número treinta y seis lo pasé con ella. Salimos a cenar, como novios. Ella se arregló muy bonita, aún puedo recordarla. Cenamos en un lugar romántico, me llevó a un restaurante donde servían todo tipo de carnes. Hablamos como si fuéramos dos que ya se conocían desde siempre. Al volver a casa, lo que ocurrió fue distinto: no solo fue deseo, fue entrega. Esa noche sentí que éramos nosotros contra el mundo.

Sin embargo, mis miedos empezaron a empujarme lejos. Un día vi en su celular conversaciones con un amigo de la universidad. Cosas comprometedoras, que fueron suficiente para encender en mí esa chispa de inseguridad. Me sentí traicionado, como si ella hubiera roto un pacto, cuando en realidad era yo quien lo había limitado a lo físico. Ella intentó explicarme, intentó acercarse, incluso me propuso formalizar lo nuestro. Yo, con el temor de perder el control, me escondí en mi frialdad.

Los días se volvieron distintos. Ella comenzó a hacer una lista de todos los “NO” que nos separaban: la diferencia de edad, mis temores, sus dudas, mi incapacidad para escucharla en sus momentos más vulnerables. Recuerdo una noche en particular: ella estaba triste, muy triste. Se abrió conmigo, me contó lo que le preocupaba, lo que le dolía. Y yo… me bloqueé. Por todo lo que arrastro desde niño, cada vez que alguien se pone sentimental, yo me cierro. Ese día no la abracé, no la consolé. Y sé que ahí perdió la fe en lo que teníamos.

Decidimos alejarnos. Fue un acuerdo doloroso, como arrancar una parte del cuerpo. Intentamos distraernos con otras personas. Pero el vacío seguía ahí. Y como dos imanes condenados a encontrarse, volvimos.

El reencuentro fue fuego otra vez. Nos buscamos sin palabras. La química no había muerto; al contrario, parecía más fuerte, más peligrosa. Era como si el tiempo lejos hubiera afilado cada caricia.

Hace poco, nos vimos una última vez. Tomamos unas copas, conversamos, y terminamos de nuevo en mi cama. Pero algo cambió en mí. No quise callar más. Mientras la amaba, le dije lo que nunca me había atrevido a decir:

—Te amo.

Las palabras salieron solas, como un río que había estado represado demasiado tiempo. Ella se quedó dormida desnuda en mis brazos, y yo, que siempre me negué a abrazarla, la sostuve como si pudiera detener al mundo.

Luego de varias semanas casi sin hablar llegó mi cumpleaños número treinta y siete. Llevábamos casi dos años entre encuentros y distancias, y aquella mañana ella me habló con emoción de un viaje a Cusco. Me contagió sus ganas, me hizo sonreír… pero al poco rato se corrigió: “¿Y si no está bien? Nosotros no tenemos futuro como relación y eso nos va a cagar la cabeza”. Todos sus “NO” volvieron a mi mente. Le dije que no quería contrariarla y acepté que tenía razón.

Yo nunca celebro mi cumpleaños; suelo pasarlo como un día cualquiera, refugiado en el trabajo o en la rutina. Pero esa tarde me escribió que iría a verme. Me emocioné y le dije: “Compro torta, vino, y celebramos”. Ella insistió en llevarme una torta. Y ahí me quebré un poco. Yo le había contado que nunca nadie me había regalado una torta de cumpleaños, que no me gustaba el gesto porque lo asociaba con celebraciones vacías. No quería que ella fuera la única en hacerlo, alguien que al mismo tiempo me decía que no veía futuro conmigo. Así que me negué. Y ella se enojó.

Salí a comprar, indeciso. Terminé con una porción de carrot cake —mi favorita— para compartir y un Cabernet Sauvignon del 2020. Cuando llegó, venía cansada, molesta por el tráfico. No hubo un “hola” cálido, solo frases rápidas, como si el tiempo la apurara. Sentí que estaba ahí más por obligación que por ganas. Aun así, le pedí un abrazo de cumpleaños. Dudó, pero me lo dio. Breve, pero suficiente.

Había preparado el balcón para conversar, pero terminamos en mi cuarto. Brindamos con una sola copa. Hablamos un rato. Me dijo que le dolía el tobillo, le ofrecí un masaje. Por un momento creí que volveríamos a ser lo de antes. Pero enseguida me dijo que era mejor que se fuera, que no debió venir. La abracé en la cama, en silencio, pensando que, pese a todo, haberla conocido había sido lo más bonito de esos dos años.

Le dije que la conexión que tuvimos —amigos, amantes, cómplices, locos— era única, algo que en todos mis años no había encontrado en nadie más. Ella respondió que llegarían personas mejores, para ella y para mí. Y aunque sé que es cierto, también sé que como nosotros no habrá nada igual.

Antes de irse, me dejó una frase:

—No debes cagarte la cabeza por una chibola de veinticinco.

Algo se rompió en mí. La acompañé al paradero, en silencio. No hubo beso ni abrazo de despedida. Solo un adiós con la mirada, antes de subirse al bus que la alejaba definitivamente de mí.

Esa noche volví a casa con su frase rebotando en la cabeza. Abrí el vino, serví una copa, probé la carrot cake en el balcón. Y entendí. Ya no estábamos en la misma sintonía desde hacía tiempo, y yo me negaba a verlo.

Es mejor así. Escribir esta última historia con ella, terminar el vino y la torta, y aceptar que nuestra conexión fue lo que fue: breve, intensa, irrepetible.

Ella fue, y seguirá siendo, el amor que no quise nombrar.

 


lunes, 22 de octubre de 2012

una vez mas

Dejemos esto en claro si estoy triste, estoy triste! Estoy triste por que no llueve y por que no confiaste. Estoy triste por que el té esta frío y no puedo respirar y porque no encuentro mis llaves. Estoy triste por que el aire susurra lejos y se hace esperar igual que el futuro. Estoy triste por que el destino me propuso una llamada a los deseos imposibles y me rehúso a negar la propuesta. Y por que la vida se rehúsa a dejar que se vayan lejos. Estoy triste por que no puedo dejar de tener fe en el valor de los débiles y los cobardes. Estoy triste por que el mundo da sus vueltas. y yo me niego a darme la vuelta a mirar el pasado con ojos de solemnidad y ganas de desentierro. Estoy triste por aquellos que no me dejan descansar en sus olvidos. porque por que no puedo irme a un lugar lejano sin dejar espacios vacíos. Estoy triste por que eres humana y así te quería con tus fallas, tus arranques estrepitosos y tus decadencias eternas. Estoy triste por que me fallaste, porque si falle fue para complacer tus gustos y por que aseguras mi muerte y a veces mi vida. Pero lo mas importante ... Estoy triste por no llueve, por que el té esta frío y por que hoy me voy de ti sin ojos solemnes ni ganas de desentierro y por que la nostalgia se hace esperar y no llega. Si Si estoy triste, no me convenzan de lo contrario. Después de tanto tiempo ahí vuelvo a aparecer, es lo que siento, esto soy yo... esto es mio...

jueves, 10 de noviembre de 2011

Cómo contarte lo que soñé ...

Te buscaba en tu casa con el cuerpo frío como si estuviera muerto, apenas podías pronunciar ..luis tras la palabra perdóname. Te miraba sin que me causara dolor tu estado, llamaba por teléfono para pedir ayuda; no preguntaba lo que había sucedido, ni limpiaba tu cara con lagrimas. Me despedía, me marchaba sin cerrar la puerta.

Al caminar por la acera me desprendía del suelo y sentía como volaba. Llegaba al trabajo y hablaba de todo menos de ti. Comía en la calle para no volver temprano a casa. Entraba a un cine donde pasaba la tarde. En la Pantalla una mujer tocaba el piano, un hombre se acercaba a ella y la abrazaba mientras besaba su cuello, ella levantaba los hombros y recargaba la espalda sobre su pecho sin dejar de acariciar el teclado.

No reconocí la melodía, parecía Debussy, no sé, era una música suave. Frente al piano un ventanal abierto enmarcaba un jardín lleno de flores, atrás una montaña enrojecida por la luz del sol que se apagaba. Cesaba la música al mismo tiempo que desparecía del cielo el último rayo del día. Ella cubría con un enjambre de seda el piano, él corría las cortinas y destapaba una botella de vino, acercaba una mesita al sofá y extendía su mano para sentarla a su lado. Ella servía el vino en dos copas, bebía un poco y lo besaba para compartir el primer trago; él continuaba el beso por todo su cuerpo y, en silencio, la amaba apasionadamente.

De pronto, la cámara acercaba los rostros y yo descubría en esa mujer tu cara. No recuerdo ni el principio ni el final de la película, tampoco cómo volvía a la casa ni a qué hora. Me despertó el acostumbrado rechinido de la puerta cuando intentas entrar, de madrugada, sin que me de cuenta.

Hay sueños que dan la impresión de algo vivido, hay otros que revelan deseos inhibidos. Hay sueños que permiten ver a los seres que se han ido. Hay sueños que espantan, que dan miedo.Hay gente que asegura que un sueño es premonitorio, tal vez.Yo sólo tuve un sueño, muy claro, que quisiera contarte.

sábado, 3 de septiembre de 2011

mi guitarra

Cuando escucho mi guitarra siento que todo es mejor, y que todo se me aclara,todo a mi alrededor,es como escuchar distinto, es como escuchar mi voz.

Cuando mis dedos se mueven en su fino diapasón, de las notas de sus cuerdas hay una conversación; mi guitarra y yo tenemos una extraña relación.

No me gusta darle efecto, ni modificar su voz, su sonido así es perfecto, y así es como la quiero yo, como esta sonando ahora, no hace falta distorsión.

Recuerdo aquella noche, cuando ella apareció, desde entonces me acompaña, donde quiera que yo voy; mi guitarra y yo tenemos, algo común entre los dos.

Pensé en cambiarla por otra, de calidad superior, yo nunca te dejaría, porque hay algo entre los dos, no es sólo una melodía, es una conversación.

Mi guitarra y yo tenemos, algo común entre los dos.

Sensación, una extraña sensación ...



jueves, 28 de julio de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

Espléndida gordura.

Salía de la oficina sin tener a dónde ir y el cine se convirtió en la única opción. Era temprano y la boleteria estaba vacía. Compré el boleto y decidí caminar un rato alrededor del cine. Había llovido por la mañana y el verde de los árboles tenía un brillo especial. Me detuve a comer un pan con hot-dog en un carrito. Ahí estaba la linda mujer gorda decidida a consumir buena parte de la mercancía del vendedor. Tenía bonitos ojos, cabello castaño, la boca pequeña y el rostro de una muñeca, lo que hacía más sorprendente su velocidad para hacer desaparecer, sin dejar rastro, los perros calientes de el carrito.

Ella también iba sola, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo. Pagué, la miré con simpatía y me alejé para contemplar sus anchas y apetecibles formas; todo unido al maravilloso espectáculo de comer los hot-dogs. Su atractivo se hizo superior a mi discreción. Empecé a temer sucumbir ante su abundancia de carnes. Sus enormes pechos se mantenían firmes, atentando contra las leyes de la fisica. Las inmensas nalgas configuraban un mundo por conquistar. Los muslos se adherían a la falda que llevaba sin ningún pudor.

Estaba cautivado. Una mezcla de asombro y calentura invadió mi ser. Recordé el profético comentario de un taxista, quien por poco atropella a una turista muy bien dotada: "Así me gustan. Allí, se puede agarrar de todo, no crees". En aquel momento sus palabras me parecieron vulgares, pero hoy todo tiene sentido y tengo motivos para hacerlas mías.

Perdió todo sentido entrar a ver la película. Estaba decidido a abordarla pero no sabía cómo. No me refiero a las dificultades físicas, en eso todavía no pensaba, sino en la manera de llegar a ella. Pensé en acercarme nuevamente al carrito, pedir otro refresco y esperar al menor indicio de coquetería para atreverme a hablarle. Mis pretenciones fueron rotas por una repentina discusión.

La ocurrencia desarmó al enemigo e hizo aumentar mis posibilidades para abordarla. El señor del carrito no queria aceptar el billete de la esplendida robusta y estaba furioso asi que lo tomé por los hombros para intimidarlo, lo amenaze sobre el comportamiento hacia una mujer. Luego saqué un billete de 10 soles y esperé con cierto temor a recibir mi vuelto.

La mujer me esperó para agradecer el favor y pedirme que aceptara su dinero. La situación se hizo propicia y la invité al cine. Después de algunos comentario sobre lo ocurrido entramos a la sala: ella ruborizada, yo decidido a no dejarla escapar.

Habiamos comprado canchita, coca-colas y una bolsa de chocolates, Lo necesario para resistir buena parte de la pelicula. De inmediato tomé partido para conversarle, al mismo tiempo, mi acompañante comia los chocolates.

Frente a la pantalla estudiaba la estrategia para tener el primer contacto con sus muslos. La película transcurria a buen ritmo, ya he logrado tener contacto con sus labios , ella se acerco mucho mas para besarnos, oportunidad que aprovecho para meter la mano entre las piernas de mi compañera. No hay resistencia y las puntas de mis dedos recorren sus muslos siguiendo una secuencia de ligeros movimientos circulares, hasta llegar a tocar con suavidad el el centro del su universo. Ella busca mis labios y nos sumergimos en un beso.

Atrás quedaron la guerra y la conquista. Salimos tomados de la mano, seguros de que esta noche la soledad no podrá compartir la cama con nosotros. Sólo una cosa me preocupa: ¿cómo desvestir a una mujer así?

En el trayecto a su casa encontré la respuesta: desnudar a una mujer gorda es como pelar una naranja.

domingo, 29 de mayo de 2011

Hendrix

En 40 minutos de concierto, Hendrix utilizó su Stratocaster en un modo hasta ese momento jamás visto, llegando a hacer mímica de actos sexuales, hacerla sonar con los dientes, por detrás de la espalda, contra el soporte del micrófono y hasta contra su amplificador causando un acople ensordecedor. Al término de la exhibición, para remarcar su furiosa necesidad de extraer nuevos sonidos al instrumento, le dio fuego con gas líquido para encendedores y la destruyó contra el palco y amplificadores en un éxtasis de feedbacks alucinantes.

Los restos de la guitarra que Hendrix destruyó aquella noche fueron recuperados y actualmente están expuestos en el Experience Music Project di Seattle.