jueves, 28 de julio de 2011

sábado, 16 de julio de 2011

Espléndida gordura.

Salía de la oficina sin tener a dónde ir y el cine se convirtió en la única opción. Era temprano y la boleteria estaba vacía. Compré el boleto y decidí caminar un rato alrededor del cine. Había llovido por la mañana y el verde de los árboles tenía un brillo especial. Me detuve a comer un pan con hot-dog en un carrito. Ahí estaba la linda mujer gorda decidida a consumir buena parte de la mercancía del vendedor. Tenía bonitos ojos, cabello castaño, la boca pequeña y el rostro de una muñeca, lo que hacía más sorprendente su velocidad para hacer desaparecer, sin dejar rastro, los perros calientes de el carrito.

Ella también iba sola, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo. Pagué, la miré con simpatía y me alejé para contemplar sus anchas y apetecibles formas; todo unido al maravilloso espectáculo de comer los hot-dogs. Su atractivo se hizo superior a mi discreción. Empecé a temer sucumbir ante su abundancia de carnes. Sus enormes pechos se mantenían firmes, atentando contra las leyes de la fisica. Las inmensas nalgas configuraban un mundo por conquistar. Los muslos se adherían a la falda que llevaba sin ningún pudor.

Estaba cautivado. Una mezcla de asombro y calentura invadió mi ser. Recordé el profético comentario de un taxista, quien por poco atropella a una turista muy bien dotada: "Así me gustan. Allí, se puede agarrar de todo, no crees". En aquel momento sus palabras me parecieron vulgares, pero hoy todo tiene sentido y tengo motivos para hacerlas mías.

Perdió todo sentido entrar a ver la película. Estaba decidido a abordarla pero no sabía cómo. No me refiero a las dificultades físicas, en eso todavía no pensaba, sino en la manera de llegar a ella. Pensé en acercarme nuevamente al carrito, pedir otro refresco y esperar al menor indicio de coquetería para atreverme a hablarle. Mis pretenciones fueron rotas por una repentina discusión.

La ocurrencia desarmó al enemigo e hizo aumentar mis posibilidades para abordarla. El señor del carrito no queria aceptar el billete de la esplendida robusta y estaba furioso asi que lo tomé por los hombros para intimidarlo, lo amenaze sobre el comportamiento hacia una mujer. Luego saqué un billete de 10 soles y esperé con cierto temor a recibir mi vuelto.

La mujer me esperó para agradecer el favor y pedirme que aceptara su dinero. La situación se hizo propicia y la invité al cine. Después de algunos comentario sobre lo ocurrido entramos a la sala: ella ruborizada, yo decidido a no dejarla escapar.

Habiamos comprado canchita, coca-colas y una bolsa de chocolates, Lo necesario para resistir buena parte de la pelicula. De inmediato tomé partido para conversarle, al mismo tiempo, mi acompañante comia los chocolates.

Frente a la pantalla estudiaba la estrategia para tener el primer contacto con sus muslos. La película transcurria a buen ritmo, ya he logrado tener contacto con sus labios , ella se acerco mucho mas para besarnos, oportunidad que aprovecho para meter la mano entre las piernas de mi compañera. No hay resistencia y las puntas de mis dedos recorren sus muslos siguiendo una secuencia de ligeros movimientos circulares, hasta llegar a tocar con suavidad el el centro del su universo. Ella busca mis labios y nos sumergimos en un beso.

Atrás quedaron la guerra y la conquista. Salimos tomados de la mano, seguros de que esta noche la soledad no podrá compartir la cama con nosotros. Sólo una cosa me preocupa: ¿cómo desvestir a una mujer así?

En el trayecto a su casa encontré la respuesta: desnudar a una mujer gorda es como pelar una naranja.