La conocí cuando tenía treinta y cinco años y ella apenas veinticuatro. Una aplicación cualquiera, un chat que empezó sin rumbo y terminó convirtiéndose en un espacio donde nos desnudábamos de otra manera: entre frases rápidas, confesiones extrañas y silencios que a veces decían más que las palabras.
Ella me hablaba
de su ex, de las heridas que cargaba. Me contaba cómo la había engañado, cómo
todavía le dolía esa traición. Yo escuchaba con paciencia, con esa mezcla de
interés y prudencia que uno tiene cuando sabe que no puede apresurar lo que aún
sangra. En el fondo sentía que tenía mucho que sanar, pero también percibía que
algo en ella quería volver a creer.
Pasaron meses
hasta que por fin nos vimos. El lugar fue cerca al Museo de la Nación, en Lima.
Recuerdo su cabello negro cayendo sobre los hombros, los lentes que le daban un
aire de inocencia y rebeldía al mismo tiempo, y ese cuerpo pequeño que
irradiaba energía como si toda la ciudad le perteneciera. Caminamos sin rumbo
fijo y terminamos sentados en una banca. Yo le preguntaba sobre sus sueños,
sobre lo que quería de la vida. Ella estaba en los últimos ciclos de la
universidad, pero hablaba como quien todavía no está seguro de querer llegar al
final.
—No sé si
terminaré la carrera —me dijo, jugando con el borde de su cartera—. A veces
siento que estudio solo porque ya empecé.
Yo sonreí. En
ese momento pensé que quizá lo que ella buscaba no era una meta, sino un
respiro. Y tal vez yo era ese respiro.
Salimos un par
de veces más antes de que todo se volviera físico. La primera vez que hicimos
el amor fue tan natural, tan inevitable, que parecía escrito mucho antes de
conocernos. No entraré en detalles, pero puedo decir que nunca había sentido
una química tan innata, una atracción tan brutal y al mismo tiempo tan limpia.
Esa noche entendimos que lo nuestro no sería una relación “convencional”.
Hicimos un pacto: solo cuerpo, nada más.
Al principio lo
cumplimos. Ella venía seguido a mi departamento. La rutina era siempre la
misma: risas, caricias, noches que parecían no terminar. Y al final, dormir
juntos. Ahí estaba mi contradicción: me volteaba para no abrazarla, creyendo
que si lo hacía caería en el error de enamorarme. No entendía que el error ya
estaba cometido.
Mi cumpleaños
número treinta y seis lo pasé con ella. Salimos a cenar, como novios. Ella se
arregló muy bonita, aún puedo recordarla. Cenamos en un lugar romántico, me
llevó a un restaurante donde servían todo tipo de carnes. Hablamos como si
fuéramos dos que ya se conocían desde siempre. Al volver a casa, lo que ocurrió
fue distinto: no solo fue deseo, fue entrega. Esa noche sentí que éramos
nosotros contra el mundo.
Sin embargo, mis
miedos empezaron a empujarme lejos. Un día vi en su celular conversaciones con
un amigo de la universidad. Cosas comprometedoras, que fueron suficiente para
encender en mí esa chispa de inseguridad. Me sentí traicionado, como si ella
hubiera roto un pacto, cuando en realidad era yo quien lo había limitado a lo
físico. Ella intentó explicarme, intentó acercarse, incluso me propuso
formalizar lo nuestro. Yo, con el temor de perder el control, me escondí en mi
frialdad.
Los días se
volvieron distintos. Ella comenzó a hacer una lista de todos los “NO” que nos
separaban: la diferencia de edad, mis temores, sus dudas, mi incapacidad para
escucharla en sus momentos más vulnerables. Recuerdo una noche en particular:
ella estaba triste, muy triste. Se abrió conmigo, me contó lo que le
preocupaba, lo que le dolía. Y yo… me bloqueé. Por todo lo que arrastro desde
niño, cada vez que alguien se pone sentimental, yo me cierro. Ese día no la
abracé, no la consolé. Y sé que ahí perdió la fe en lo que teníamos.
Decidimos
alejarnos. Fue un acuerdo doloroso, como arrancar una parte del cuerpo.
Intentamos distraernos con otras personas. Pero el vacío seguía ahí. Y como dos
imanes condenados a encontrarse, volvimos.
El reencuentro
fue fuego otra vez. Nos buscamos sin palabras. La química no había muerto; al
contrario, parecía más fuerte, más peligrosa. Era como si el tiempo lejos
hubiera afilado cada caricia.
Hace poco, nos
vimos una última vez. Tomamos unas copas, conversamos, y terminamos de nuevo en
mi cama. Pero algo cambió en mí. No quise callar más. Mientras la amaba, le
dije lo que nunca me había atrevido a decir:
—Te amo.
Las palabras
salieron solas, como un río que había estado represado demasiado tiempo. Ella
se quedó dormida desnuda en mis brazos, y yo, que siempre me negué a abrazarla,
la sostuve como si pudiera detener al mundo.
Luego de varias
semanas casi sin hablar llegó mi cumpleaños número treinta y siete. Llevábamos
casi dos años entre encuentros y distancias, y aquella mañana ella me habló con
emoción de un viaje a Cusco. Me contagió sus ganas, me hizo sonreír… pero al poco
rato se corrigió: “¿Y si no está bien? Nosotros no tenemos futuro como relación
y eso nos va a cagar la cabeza”. Todos sus “NO” volvieron a mi mente. Le dije
que no quería contrariarla y acepté que tenía razón.
Yo nunca celebro
mi cumpleaños; suelo pasarlo como un día cualquiera, refugiado en el trabajo o
en la rutina. Pero esa tarde me escribió que iría a verme. Me emocioné y le
dije: “Compro torta, vino, y celebramos”. Ella insistió en llevarme una torta.
Y ahí me quebré un poco. Yo le había contado que nunca nadie me había regalado
una torta de cumpleaños, que no me gustaba el gesto porque lo asociaba con
celebraciones vacías. No quería que ella fuera la única en hacerlo, alguien que
al mismo tiempo me decía que no veía futuro conmigo. Así que me negué. Y ella
se enojó.
Salí a comprar,
indeciso. Terminé con una porción de carrot cake —mi favorita— para compartir y
un Cabernet Sauvignon del 2020. Cuando llegó, venía cansada, molesta por el
tráfico. No hubo un “hola” cálido, solo frases rápidas, como si el tiempo la
apurara. Sentí que estaba ahí más por obligación que por ganas. Aun así, le
pedí un abrazo de cumpleaños. Dudó, pero me lo dio. Breve, pero suficiente.
Había preparado
el balcón para conversar, pero terminamos en mi cuarto. Brindamos con una sola
copa. Hablamos un rato. Me dijo que le dolía el tobillo, le ofrecí un masaje.
Por un momento creí que volveríamos a ser lo de antes. Pero enseguida me dijo
que era mejor que se fuera, que no debió venir. La abracé en la cama, en
silencio, pensando que, pese a todo, haberla conocido había sido lo más bonito
de esos dos años.
Le dije que la
conexión que tuvimos —amigos, amantes, cómplices, locos— era única, algo que en
todos mis años no había encontrado en nadie más. Ella respondió que llegarían
personas mejores, para ella y para mí. Y aunque sé que es cierto, también sé
que como nosotros no habrá nada igual.
Antes de irse,
me dejó una frase:
—No debes
cagarte la cabeza por una chibola de veinticinco.
Algo se rompió
en mí. La acompañé al paradero, en silencio. No hubo beso ni abrazo de
despedida. Solo un adiós con la mirada, antes de subirse al bus que la alejaba
definitivamente de mí.
Esa noche volví
a casa con su frase rebotando en la cabeza. Abrí el vino, serví una copa, probé
la carrot cake en el balcón. Y entendí. Ya no estábamos en la misma sintonía
desde hacía tiempo, y yo me negaba a verlo.
Es mejor así.
Escribir esta última historia con ella, terminar el vino y la torta, y aceptar
que nuestra conexión fue lo que fue: breve, intensa, irrepetible.
Ella fue, y
seguirá siendo, el amor que no quise nombrar.