La noche ha caído, la luz de la luna baña a ángeles, serafines y vírgenes de mármol sobre mausoleos y tumbas que datan de más de 100 años y que ahora son parte de una nueva tendencia turistica.
La gente ha tomado un interés inmenso, el necroturismo va despertando con fuerza, muchos son atraídos porque piensan que pueden ver apariciones sobrenaturales, pero también todos quieren apreciar la rica belleza de la escultórica mortuoria que hay en un cementerio.
Hurgando un poco en la internet sobre la primera o primeras referencias existente sobre esta nueva aficion turistica me mando hasta el año 1885. Palermo, Italia.
El afamado escritor francés Guy de Maupassant, autor de decenas de relatos de terror y parte fundamental de la literatura fantástica universal, visita el cementerio de los Capuchinos en las catacumbas bajo el convento de Vía Capuccini. Los cadáveres colgantes, con sus sobrecogedoras muecas acartonadas y, sobre todo, los bebés momificados que yacen dentro de antiguas cunas en un sueño eterno perturban los pensamientos del literato y le abocan a una espiral de depresión y oscuras reflexiones sobre la muerte. Seis años después, el 31 de diciembre de 1891, Maupassant escribe: «La muerte es inminente y yo estoy loco». La noche del día 1 intenta suicidarse y finalmente fallece horas más tarde en una clínica de la calle Passy, en París, sin haber recobrado el conocimiento.
Es evidente que Maupassant, a pesar de su incontable talento y su brutal influencia literaria a lo largo de dos siglos, estaba algo loco. Pero lo cierto es que su idea de visitar las catacumbas de los Capuchinos no cayó en saco roto, alcanzando el nivel de punto de interés turístico inevadible. Y es que sólo hay que contemplar imágenes de aquél sótano en el que los cadáveres de los ricos que podían permitírselo yacen embalsamados por los monjes desde el siglo XVII (los dejaban secar en una cueva durante ocho meses y luego, tras sumergirlos en vinagre, los dejaban al sol para que su piel se curtiera) y darse cuenta de lo macabro que debe de ser recorrer aquel escenario. El número de cuerpos asciende hasta casi 8.000 y, a pesar de que las tropas norteamericanas saquearon los ojos de cristal de muchas de ella durante la Segunda Guerra Mundial, quedan algunos ejemplares que dan escalofríos, como el de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de Il Gattopardo o el de la niña de dos años que fue momificada en los años 20 y aún hoy se conserva prácticamente intacta.
Fotos: El cementerio de los Capuchinos.
La gente ha tomado un interés inmenso, el necroturismo va despertando con fuerza, muchos son atraídos porque piensan que pueden ver apariciones sobrenaturales, pero también todos quieren apreciar la rica belleza de la escultórica mortuoria que hay en un cementerio.
Hurgando un poco en la internet sobre la primera o primeras referencias existente sobre esta nueva aficion turistica me mando hasta el año 1885. Palermo, Italia.
El afamado escritor francés Guy de Maupassant, autor de decenas de relatos de terror y parte fundamental de la literatura fantástica universal, visita el cementerio de los Capuchinos en las catacumbas bajo el convento de Vía Capuccini. Los cadáveres colgantes, con sus sobrecogedoras muecas acartonadas y, sobre todo, los bebés momificados que yacen dentro de antiguas cunas en un sueño eterno perturban los pensamientos del literato y le abocan a una espiral de depresión y oscuras reflexiones sobre la muerte. Seis años después, el 31 de diciembre de 1891, Maupassant escribe: «La muerte es inminente y yo estoy loco». La noche del día 1 intenta suicidarse y finalmente fallece horas más tarde en una clínica de la calle Passy, en París, sin haber recobrado el conocimiento.
Es evidente que Maupassant, a pesar de su incontable talento y su brutal influencia literaria a lo largo de dos siglos, estaba algo loco. Pero lo cierto es que su idea de visitar las catacumbas de los Capuchinos no cayó en saco roto, alcanzando el nivel de punto de interés turístico inevadible. Y es que sólo hay que contemplar imágenes de aquél sótano en el que los cadáveres de los ricos que podían permitírselo yacen embalsamados por los monjes desde el siglo XVII (los dejaban secar en una cueva durante ocho meses y luego, tras sumergirlos en vinagre, los dejaban al sol para que su piel se curtiera) y darse cuenta de lo macabro que debe de ser recorrer aquel escenario. El número de cuerpos asciende hasta casi 8.000 y, a pesar de que las tropas norteamericanas saquearon los ojos de cristal de muchas de ella durante la Segunda Guerra Mundial, quedan algunos ejemplares que dan escalofríos, como el de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de Il Gattopardo o el de la niña de dos años que fue momificada en los años 20 y aún hoy se conserva prácticamente intacta.
Fotos: El cementerio de los Capuchinos.





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