viernes, 23 de julio de 2010

Schaf

Me cansé de rogarle. Hay veces en que ocurre eso, que por mucho que corras, te ves incapaz de avanzar, como en un sueño. Y todos tus esfuerzos no hacen más que multiplicar los obstáculos, que se crecen tanto como tu obstinación, más que tu testarudez, en una secreta conexión mágica.

Ella y yo somos tan diferentes como el blanco y el negro, dos colores demasiado extremos, demasiado contundentes para ser considerados colores. Y ninguno de los dos aspirámos a ser grises; más bien, eso quiero suponer, mesclarnos, a cuadritos, a franjas, negro sobre blanco, o blanco sobre negro, no importa demasiado, como las letras que voy trazando en mi laptop, y quizás, ¿quién sabe?, llegar a convertirnos en un soneto, en una inmortal poesía de amor.

Pero era inconcebible, ya desde el principio. El negro y el blanco pueden aliarse, contrastarse, competir, pero no pueden entenderse. Era la lucha del "oh" contra el "gr". No éramos ni siquiera dos personas, nada más que dos ideas. Ella, demasiado obstinada, hasta llegar a olvidar por qué valía la pena ceder. Yo, demasiado idealista, hasta llegar a olvidarme de que los sueños precisan de alguien de carne y hueso que los sueñe. Y de que hay muchos tipos de sueños, no todos confesables, no todos espirituales.

Y así será. Condenados un tiempo a entendernos y a no entendernos, a ser capaces de ver, con poca claridad , los defectos del otro. Complementarios, pero sólo para escenificar una gran tragedia, como el iceberg y el Titanic. Ambos, demasiado orgullosos como para reconocer que ninguno de los dos tiene razón. Y a la vez, servír para ser un ejemplo para los demás; triste destino. El objeto incontenible y el objeto inamovible, nacidos juntos y predestinados a lo que espero no sea un experimento mental.

1 comentario:

Unknown dijo...

mmm...

si pues al fin y al cabo
el blanco y el negro se combinan
y forman el triste gris...

=)