lunes, 26 de julio de 2010

33

El metro no llega. Josefina consulta el gran reloj digital que cuelga de la columna: 7:33. Es la tercera vez que lo hace y las tres veces el resultado ha sido el mismo. O se trata del minuto más largo de su vida o el reloj está descompuesto. Las demás personas, unas quince dispersas por la estación, parecen no darse cuenta. De nada. Sólo siguen esperando.

El calor es asfixiante en la estación. josefina imagina lo que sería salir a refrescarse, sentarse en la banqueta, disfrutar de la noche, de un cigarro y del recuerdo de Michael. Camina hacia las escaleras, pero a los pocos pasos se arrepiente: podría ser que mientras ella no estuviera llegara el metro. Las otras personas la observan. Josefina se pone nerviosa, le gustaría decirles que no la vean, que no tiene nada raro, que es una persona como cualquier otra esperando el metro, que de todos modos ya ni extraña tanto a Michael, que... No dice nada. Ocupa nuevamente su lugar, baja la mirada y espera.

Mete las manos en los bolsillos de su saco. Luego las saca y se truena los dedos. Luego las vuelve a meter y, de reojo, con mucho disimulo, checa el reloj del andén: 7:33. Sonríe. Si el reloj no está descompuesto, entonces él es quien lo está. Sólo para cerciorarse, le pide la hora a una mujer que se encuentra a su lado. Ella le da la hora, 7:33, y la espalda. Josefina permanece inmóvil. Contempla a la mujer y a las demás personas, quienes actúan con naturalidad. O mejor dicho, no actúan; esperan. ¿Será que de verdad no se han dado cuenta? Josefina insiste. Oiga, ¿está segura de que son las siete con treinta y tres? La mujer ni siquiera se da la vuelta, únicamente levanta el brazo para que José pueda leer por sí mismo la hora. Gracias. Son las 7:33.

El metro no llega. Después de una acalorada discusión interna sobre la posibilidad de que haya vida más allá de la muerte, Josefina levanta la mirada y la conduce muy despacio hacia el gran reloj digital. Por un instante, apenas una fracción de segundo, los números rojos desaparecen. Lo que sucede enseguida es casi simultáneo, a una velocidad espeluznante: el reloj marca las 7:34, Josefina oye que el metro se aproxima, la mujer se vuelve y lanza un grito, un hombre que está a unos pasos de la mujer deja caer el periódico abierto y empalidece, las llantas se bloquean en un desesperado intento por frenarse y el metro cierra los ojos.

El periódico desciende lentamente, en zigzag. Antes de que toque el suelo, Josefina alcanza a agradecer que el metro al fin haya llegado: con semejante espera, ya se le estaban quitando las ganas.

2 comentarios:

nati dijo...

OH NO 33 !!!! es el finnn esa josefina caray

MarianaVH dijo...

oohhh me encantó éste y el soundtrack está genial!!